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Juan Lauro
Serratiano Master
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Si la muerte pisa mi huerto

Vie Nov 02, 2007 1:23 pm

La muerte

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2 de nov. 2002

Sergio Sarmiento



La muerte



"Si la muerte pisa mi huerto, quién firmará que he

muerto

de muerte

natural."




Joan Manuel Serrat



Los antiguos egipcios lo tenían muy claro. Dedicaban

toda

la vida a

morir y trataban de hacerlo de la manera más adecuada

a su

religión.

Esto les daba confianza y seguridad. Lo mismo ocurre

en

nuestros días.

Muchos hombres y mujeres de fe tienen tal certeza

sobre lo

que ocurrirá

después de la muerte, que viven y mueren tranquilos en

la

confianza de

la gracia de Dios.



"¿Quién lo voceará en mi pueblo, quién pondrá un lazo

negro

al

entreabierto portal?"



Para quienes no tenemos más certeza que la duda la

situación es

distinta. Vivimos arrancándole momentos de felicidad

al

tiempo: un juego

divertido, un triunfo inesperado, un momento de amor

apasionado, una

caricia de amor o la sonrisa de un hijo. Ante la

muerte, en

cambio,

preferimos fingir indiferencia. Es la única manera de

escapar al miedo

natural de lo desconocido.



"¿Quién será ese buen amigo que morirá conmigo aunque

sea

un tanto así?"



Los velorios son el momento de reunión de familiares y



amigos perdidos.

Siempre nos lamentamos de no haber visto más al

difunto.

Pero nunca

hacemos el esfuerzo de hacerlo cuando vive. Esa es la

real

tristeza de

los velorios.



"¿Quién mentirá un padre nuestro y a rey muerto rey

puesto

pensará para

sí?"



La muerte es el gran igualador. Al final ricos y

pobres

llegamos a ella

con los mismos dolores, en la misma condición. Nadie

puede

obtener una

prórroga. Y quienes la buscan, invirtiendo grandes

recursos

financieros

y los amplios poderes de la ciencia moderna en la

preservación de una

vida que se extingue, terminan sufriendo una tortura

que

avergonzaría al

peor villano medieval.



"¿Quién cuidará de mi perro, quién pagará mi entierro

y una

cruz de

metal?"



A veces la muerte no espanta por lo desconocido.

Aterra no

saber qué

pasará con los hijos o con la pareja: dejar

compromisos

incumplidos a

quienes no tienen por qué resolverlos.



"¿Cuál de todos mis amores ha de comprar las flores

para mi

funeral?"



La esposa legítima no dejó que la amante, la mujer que



había sido la

real compañera del difunto, se aproximara al féretro.

Los

presentes la

apoyaron sin dudar. ¿Cómo se atrevía esa mujerzuela a

querer acompañar

en el último momento al hombre que había amado?



"¿Quién vaciará mis bolsillos, quién liquidará mis

deudas,

a saber?"



Todas las culturas hemos jugado con la muerte. Los

mexicanos lo hacemos

con nuestras ofrendas de flores y alimentos. De esta

manera

invitamos a

los muertos a pasar un momento más con nosotros. Pero

también lo hacen

los estadounidenses con su Halloween -esa fiesta

infantil y

juvenil tan

absurdamente odiada por los tradicionalistas

mexicanos- que

no es más

que el juego con aquello que nos ocasiona temor.



"¿Quién rezará a mi memoria, Dios lo tenga en su

gloria, y

brindará a mi

salud?"



La antigua Iglesia trató durante siglos de imponer su

disciplina entre

los fieles fomentando el miedo a la muerte. Nos decía

que

había en el

fondo de la tierra un infierno que esperaba a aquellos

que

se

comportaran mal, que se abandonaran al amor no

santificado,

que no

aceptaran las órdenes del párroco o del obispo, que no



contribuyeran con

su diezmo al sostenimiento de la casa de Pedro o que

tuvieran la

desgracia de no haber conocido la palabra de Dios.



"¿Quién hará pan de mi trigo, quién se pondrá mi

abrigo en

el próximo

diciembre?"



Hoy la Iglesia ha abandonado el concepto tradicional

del

infierno: éste

es más bien una metáfora de la ausencia de Dios.

Quizá.

Pero cuando las

verdades inmutables cambian tan fácilmente, es difícil



pensar que se

trate de verdades inmutables.



"¿Quién será el nuevo dueño de mi casa y mis sueños y

mi

sillón de

mimbre?"



Yo ya sé quién llorará ante mi cuerpo yerto. En vida

sabe

uno quién lo

quiere y quién simplemente lo necesita o lo utiliza.

Pero

se acostumbra

uno a todo.



"¿Quién se acostará en mi cama, se pondrá mi pijama y

gozará a mi

mujer?"



La peor tortura para muchos es pensar que, a la

llegada de

la muerte, su

pareja encontrará la felicidad al lado de otro. Son

víctimas de un amor

egoísta: no buscan la felicidad del ser querido, sino

la

simple

propiedad del ser humano.



"¿Y me traerá un crisantemo el primero de noviembre, a



saber?"



Lo peor de todo es que ni siquiera al final entendemos

que

la muerte

puede ser ocasión para acercarnos y recordar a quienes



queremos.



"¿Quién pondrá fin a mi diario al caer la última hoja

en mi

calendario?"
"En esta vida lo importante no es lo que te ocurre sino cómo lo afrontas" JMS

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