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Serrat, la génesis del mito

Lun Nov 03, 2014 6:38 pm

Por Luis García Gil.
Rescato con motivo de los 50 años de carrera de Serrat este texto que apareció originalmente en el libro Ens calen cançons d’ ara. Retrospectiva sobre la Nova Cançó a 50 anys vista que fue editado en 2010 por la Universidad de Lleida. La edición estaba al cuidado de Javier de Castro.

“Nací en el Poble Sec (barrio popular de Barcelona, situado entre el Paralelo y Montjuich). Hablo como los chicos de mi calle. Mi padre es un obrero. Mi madre una campesina aragonesa, de Belchite. He hecho todo lo que estaba en mi mano para complacerles. Y ahora que lo he dejado todo para cantar, ellos me han sabido comprender. Estudié peritaje agrícola. Y obtuve el diploma de tornero fresador en la Universidad Laboral de Tarragona. He sido siempre un buen alumno. Un alumno premiado. Me gusta fundamentalmente todo lo que está bien hecho. Por eso procuro que mis canciones digan cada vez más cosas y las digan bien. Inventar canciones fue algo inesperado. De niño me gustaba cantar. Sobre todo cosas vivas y populares. La música me llegó antes que la poesía. La expresión poética ha sido en mí un producto del trabajo y del esfuerzo. Los temas de mis canciones se me ocurren espontáneamente. No los busco jamás. Pero algunas veces tengo que dejarlos porque no encuentro inmediatamente la forma de expresarlos. Quisiera cantar la Naturaleza. La tierra, el paisaje, la vida campesina me atraen particularmente. Cuando era chico pasé largas temporadas en el pueblo de mi madre. Luego, cuando fui perito agrícola, pasé dos años en los Pirineos. No me atribuyo papel alguno en la canción catalana. No me he figurado nunca un punto de partida ni un punto de llegada. El éxito artístico me tienta más que el éxito económico. No pretendo inventar un estilo. Espero que mi estilo nazca solo. Me revienta el esnobismo inconsciente. Del vestir sólo me importa la comodidad. Me gustan las chicas con minifalda. Creo en aquellos que ahora tienen de quince a dieciocho años. En ellos se puede confiar, por fin.”[1]

Estas declaraciones nos hacen viajar en el tiempo al primer Serrat, al de los comienzos, al que iba encontrando su propia personalidad lírica y musical en el difícil contexto de la Nova Cançó, al futuro cantautor bilingüe que sería capaz de escribir obras maestras en dos lenguas distintas. A ese muchacho que nació en una calle con nombre de poeta ubicada en el barrio obrero del Poble Sec. Ese poeta que daba nombre a su calle “fosc i tort” no era otro que Manuel de Cabanyes que formaría parte de la Antología de la Poesía Prerromántica Española de Guillermo Carnero que fuera publicada por Barral Editores en 1970.

La cultura del barrio, tal como supo ver Vázquez Montalbán, nutre al primer Serrat que habita unos paisajes no muy diferentes de los retratados por Juan Marsé en la novela Últimas tardes con Teresa. De otro lado está el sometimiento a unas circunstancias que marca la posguerra con la amargura y la desesperanza de quienes se sentían perdedores y luchaban por vislumbrar algún resto de esperanza frente a la política altamente represora de un régimen hostil. Una forma de huida podía representarla la copla en la que sobresalían a nivel compositivo el mágico terceto Quintero León y Quiroga. Serrat deberá mucho a los modelos de la copla andaluza, decantada hacia lo narrativo y con gran poder lírico y sensorial. Aprenderá ciertas claves de cómo debe construirse una canción a partir de “Ojos verdes” y de otra serie de piezas monumentales. La copla fue para el cantautor un modelo inconsciente antes que la poesía, mucho antes que la revelación de un caminante sevillano por áridas tierras castellanas apellidado Machado o del deslumbrante encuentro con el verso metafórico de Miguel Hernández. Antes que la poesía y que la canción francesa y que Los Beatles o Yupanqui vino la copla derramada en los labios de su madre Ángeles.

Todo empezó con Salvador Escamilla que fue el primero en difundir a Serrat por la radio. El jovencísimo cantante acudía con su aire tímido y su guitarra para dejar en el aire las primeras huellas sonoras de su canto. En 1965 accede a los Jutges como miembro número trece de un colectivo fundado por Miquel Porter, Remei Margarit y Josep Maria Espinàs. Tres años antes la Nova Cançó había consolidado sus propuestas con el bautizo oficial del sello Edigsa en el que grabará Serrat sus primeros discos en catalán. En todo ese proceso resulta fundamental la aportación de Raimon que graba el mítico “Al vent”.

La Nova Cançó alcanzaba en aquellos años cierta madurez sucediéndose los logros de un movimiento que ante todo suponía una reivindicación de la cultura catalana, pisoteada por el monolítico régimen franquista. En ese contexto surgía Serrat, figura compleja, cuyo éxito no podrá ser asumido por quienes lo considerarán traidor a los principios de un grupo que pese a su aparente uniformidad era sumamente heterogéneo.

Serrat llega con una poética propia y unos orígenes que no eran los mismos que ostentaban otros representantes de la Nova Cançó. Ahí podía radicar el problema cuando llegado el momento Serrat busca su independencia artística y decide grabar en castellano recibiendo por ello las críticas de los integristas de la Cançó que no podían entender que se podía cantar con la misma naturalidad y con la misma convicción a Salvat Papasseit y a Antonio Machado. Pero antes de que ocurra todo ello y de que bajen las aguas turbias del Festival de Eurovisión, Serrat graba en 1965 su primer EP, endeble colección de primeras canciones donde es lógico que aún le veamos indefinido, como buscándose a sí mismo. Destaca por su lirismo la autobiográfica “Una guitarra” que figura en este primer disco junto a “Ella em deixa”, “El mocador” y “La mort de l’ avi”:

El segundo EP lo graba en 1966 y empieza a dar verdadera medida de su talento. “Ara que tinc vint anys” es un canto de exaltación juvenil cargado de frescura y vitalidad. Serrat ya se pronuncia como cantor cotidiano de las pequeñas cosas. Alza su voz trémula al viento y dibuja su primera composición realmente importante. En una línea de gran riqueza descriptiva se ubica “El drapaire”. La poesía serratiana se revela precoz en su capacidad para retratar la odisea de personajes marginales que caminan por las calles de su barrio y por la propia memoria de su infancia. El trapero que entona su tonada triste es uno de ellos. En este segundo EP habrá un primer apunte de cierta relevancia volcado hacia la edénica naturaleza. Me refiero a “Sota un cirerer florit” de la que hará una temprana versión Núria Feliu. “Quan arriba el fred” completa esta nueva entrega serratiana.

Serrat culmina su cosecha de 1966 con un tercer EP en el que registra tres de sus canciones más populares: “Paraules d’ amor”, “Cançó de matinada” y “M’ en vaig a peu”[2]. Tres piezas maestras que revelan a un artista que empieza a marcar distancias cualitativas con la mayoría de sus compañeros de la Nova Cançó. El tímido amor adolescente de palabras sencillas y tiernas no puede hallar mejor descripción que la que Serrat realiza en “Paraules d’ amor”, un tema empapado de sutilidad tanto en lo musical como en la manera en la que el cantautor del Poble Sec lo interpreta. La misma maestría revela la “Cançó de matinada”, hermoso modo de contemplar un amanecer, de eternizarlo, de hacerlo canción perdurable. La “Cançó de matinada” romperá la supuesta barrera idiomática y se hará muy popular en todo el estado español. Será el primer éxito importante de Serrat. “M’ en vaig a peu” completa las muchas bondades de este tercer EP y es una de esas coplas serratianas en las que texto y música se abrazan admirablemente. Pese a su juventud el cantautor empieza a edificar textos de una gran madurez, algunos introspectivos y otros sensibles con el entorno que le rodea.

El año 1967 será un año clave en la progresión artística de Serrat. Es el año de su primer LP y de su primer recital en solitario en el Palau de la Música. Su primer LP no lleva título y contiene diez canciones, algunas ya conocidas. Entre las novedades asoman “Els vells amants”, “Balada per a un trobador” y “Els titelles” y dos canciones que aparecen también en single: “La tieta” y la “Cançó de bressol”. Estas dos obras maestras parecen impropias de un artista que como quien dice acaba de iniciar su andadura. “La tieta” tiene una duración larga que logra sostenerse gracias a la capacidad narrativa y descriptiva con la que el cantautor catalán traza el dibujo de esta irremediable solterona. A nivel interpretativo encontramos una mejoría indudable que potencia el efecto de esta melancólica pieza, de gran hondura y equilibrio que no necesita de subrayados ni grandes efectos dramáticos para lograr su objetivo. Es el mismo equilibrio que hallamos en la impresionante “Cançó de bressol” que busca la senda perdida de su madre Ángeles dándole el pecho en plena posguerra y más allá de esa imagen va en busca y encuentra las huellas dolientes y tristemente familiares de la guerra civil, la sangre derramada por las calles de Belchite, memoria asolada de un tiempo fraticida. La nana aragonesa del estribillo preludia al cantautor bilingüe que no puede renunciar a sus orígenes pese a las iras encendidas de los puristas de la Cançó que no aceptarán a Serrat en castellano, que lo acusarán de haberse vendido a una línea comercial y fácil.

Las otras cinco canciones que completan este primer LP de Serrat fueron grabadas previamente en single y son “Ara que tinc vint anys”, “Una guitarra”, “El drapaire”, “La mort de l’ avi” y “M’ en vaig a peu”. Todas ellas completan un primer fresco sonoro del cantautor que tiene ya la aquiescencia de público y crítica.

El año 1968 es un año convulso pero decisivo en la carrera de Serrat que decide grabar canciones en castellano provocando un verdadero cataclismo entre los miembros de la Nova Cançó. Es ya habitual que el nombre de Serrat aparezca en las listas de éxitos y así “La tieta” puede llegar a compartir este tipo de honores con canciones alejadas de la estética serratiana como “Morena de mi copla” de Manolo Escobar. Alejada de su manera de entender la canción se encontraba también el popularísimo y obvio “La, La, La” que el Dúo Dinámico le compone para su controvertida aventura eurovisiva. El cantautor catalán se verá sometido a fuertes presiones de los unos y los otros y se bajará a última hora del tren festivalero reemplazándole en dicho cometido Massiel cuyo triunfo pesará en demasía en su irregular carrera posterior. Después de la tormenta eurovisiva y de los insultos y autos de fe públicos que hubo de padecer, Serrat regresaría a la senda creativa que nunca debió haber abandonado.

En esa senda aparece una figura fundamental en el devenir musical del cantautor catalán que es el pianista y arreglista Ricardo Miralles. La prensa anuncia en el mes de septiembre de 1968 la incorporación de Miralles al ámbito musical de Serrat. Las consecuencias positivas de este encuentro se dejarán ver en las primeras canciones en las que dejará su sello personal y su sapiencia musical. Una de ellas es la poética y melancólica “Marta” que se publica en single junto a “Per Sant Joan” en la que Serrat reescribe en su lengua paterna una pieza original de Juan y Junior llevándola a su terreno y construyendo una maravillosa canción de añoranza, de regreso a la infancia con el marco emblemático de la noche de San Juan a cuyo espacio de sensaciones particulares regresará en “Fiesta”.

Este mismo año Serrat graba un segundo LP titulado Cançons tradicionals en el que realiza un loable trabajo de recuperación del folclore catalán, interpretando piezas señeras del repertorio más popular. Serrat sometió aquí su expresiva voz a todo un ejercicio de sobriedad y contención a la manera de un trovador anónimo sin más ley que la que dictaban los caminos por los que se propagaba el canto.

La obra castellana de Serrat ofrece en 1968 sus primeros logros con canciones como la muy inspirada “Poco antes de que den las diez” y la luctuosa “Manuel” que retrata con forzado tono folletinesco la desgracia inevitable de un jornalero que no parece corresponderse con la realidad del momento. Empezarán, con estas primeras tentativas en su lengua materna, las inevitables comparaciones con la obra catalana, sin atender a que Serrat tendría las mismas virtudes en una lengua que en otra y parecida capacidad lírica y narrativa. “Poco antes de que den las diez”, audaz crónica amorosa y sociológica, era un ejemplo eminente y precocísimo de la fuerza de Serrat en castellano, previa a su inminente experiencia con la poesía de Antonio Machado.

La década de los 60 culmina para Serrat de un modo muy intenso. Publica un nuevo LP en catalán en el que Ricardo Miralles se estrena como director musical. Todas las canciones brillan a una gran altura y muestran al cantautor catalán dominando su oficio y en un permanente estado de gracia. Algunas como “Paraules d’ amor”, “Cançó de matinada” y “Marta” ya eran conocidas por el público al haber aparecido en single. Las restantes son registradas ahora por primera vez. Hallamos la amarga sombra del amor perdido en “Saps” o en “De mica en mica” o la capacidad que demuestra en “La Carmeta” de retratar personajes populares como esta vieja prostituta de la canción a la que ya nadie cubre de oro. Algunos quieren emparentar a este primer Serrat con Aznavour pero siendo palpable esta influencia también lo es la consolidación de un estilo que va llegando solo y que se derrama sin tregua en “Com ho fa el vent”, “En qualsevol lloc”, “Camí avall” o “L’ Olivera”. Todo ello recogido en “el sonido Miralles” y en un ropaje instrumental cuidadoso que potencia el efecto melódico y la expresiva y temblorosa voz de Serrat.

Serrat había despedido el año presentando su futuro disco en el Palau de la Música. El cantautor se mostraba en escena con un mayor dominio de sus recursos expresivos, cercano a los modelos francófonos de Brel o Aznavour, dándole a cada canción la atmósfera requerida. Se acompañaba de un sexteto instrumental con Miralles al frente que preludiaba la formación excelsa de los años 70.

El año 1969 es un año clave para el asentamiento de la obra de Serrat en castellano. Por un lado edita un LP sin título en el que recoge sus primeras canciones escritas en su lengua materna. Algunas de ellas ya habían sido editadas en single. Vemos trasladado al ámbito castellano algunas de las virtudes de su obra catalana. Serrat añade al universo de la canción una sensibilidad y unos registros temáticos inhabituales en el contexto de su tiempo. Su manera de plasmar el sentimiento amoroso romperá también con lo establecido, algo en lo que incidirá Manuel Vázquez Montalbán en su estudio sobre Serrat que publica en 1972.

“La paloma”, “Tu nombre me sabe a yerba”, “Poema de amor”, “El titiritero”, “Balada de otoño” o “En nuestra casa” son algunos ejemplos de este primer elepé de Serrat en castellano. En single aparte se edita “Tiempo de lluvia” y “Penélope”, una de sus canciones más populares cuya música debemos a Augusto Algueró en una extraña colaboración conjunta que no volvería a repetirse. Estamos ya inmersos en un periodo dominado por Lasso de la Vega como representante del cantante.

La publicación del LP Dedicado a Antonio Machado marcará un antes y un después en la carrera de Serrat. El cantautor catalán llevaba tiempo trabajando en los poemas de Machado y se encontraba plenamente identificado con el sentir lírico, filosófico y vital del autor de Campos de Castilla. Esa total identificación se percibe en un disco trabajado en todos sus detalles con arreglos imponentes de Miralles y una interpretación poderosa de Serrat que logró hacer suyo el verso y la odisea machadiana.

La respuesta popular fue tan grandiosa como inesperada. “La Saeta” o “Cantares” aparecían en las listas de éxitos al lado de las típicas y coyunturales canciones del verano. Jordi García Soler se posicionaba en las páginas de La Vanguardia en contra de Serrat y afirmaba que Antonio Machado era un poeta oficial y que cantarlo no suponía ninguna heroicidad. No le perdonaba que hubiera tachado de ininteligible a Espriu, el poeta al que había cantado Raimon[3] tan “rival” de Serrat en aquellos años como podía serlo Raphael. Reacciones como las de García Soler no fueron las únicas teniendo en cuenta lo abiertas que estaban todavía las heridas provocadas por la “castellanización” del otrora ídolo de la Nova Cançó. Pero el tiempo ha situado el disco machadiano de Serrat en un lugar de absoluto privilegio dentro de la canción española, destacándose la audacia que suponía un trabajo de estas características sobre un poeta republicano, muerto camino del exilio, símbolo de esa otra España vapuleada en la Guerra Civil.

La biografía de Serrat no podría explicarse sin atender a su relación profundísima con América Latina. En 1969 realiza su primera gira y empieza a crear una serie de lazos inquebrantables con distintos países. La voz de Serrat conecta inmediatamente con la sensibilidad de aquellos pueblos. Las dictaduras silenciarán al cantautor durante años en países como Argentina o Chile pero Serrat regresará tiempo después en olor de multitudes y como símbolo de la libertad recuperada. A nivel poético y musical Serrat tampoco podría explicarse sin América Latina, sin los encuentros sucesivos con el tango, con la poesía de Benedetti, con la literatura de Cortazar o la música de Zitarrosa, Yupanqui, Violeta Parra o Víctor Jara. Discos como Mediterráneo asumen perfectamente esa influencia musical.

Los años 70 constituyen a nivel creativo la gran década serratiana. Cierto que los 80 son también notables y que con posterioridad el cantautor catalán no dejará de ofrecer obras de madurez más que estimables. Pero en los años 70 se articula el mito, se conciben canciones de una intensidad y expresividad descomunal, con un lenguaje lírico y melódico irrepetible. Un disco como Serrat 4 es ejemplo de ello.

Serrat retorna a la lengua catalana con un disco magistral que supera a todo lo que había grabado con anterioridad. El cantautor catalán ya no es el muchacho de barrio que buscaba las señas del amanecer en el verso. Su mirada ha madurado, ha sumado amores y experiencias, ha bebido de las noches de la Gauche Divine y ha crecido como intérprete. Todo eso habita en las diez canciones de Serrat 4 en las que llega a alcanzar la perfección en piezas como la “Cançó per a en Joan Salvat- Papasseit” o en ese retorno emocionante a su barrio y a su empinada calle que supone “El meu carrer”. “Conillet de vellut” o “Quasi una dona” muestran la audacia de su poesía de corte amoroso que podríamos emparentar con Gabriel Ferrater, Gil de Biedma o con el propio Salvat Papasseit. A ello añadir que el cantautor catalán incorpora a su cancionero cuestiones inéditas en el reaccionario y escasamente atrevido cancionero español del momento, pero que ya formaban parte del repertorio de Bob Dylan, Los Beatles, Jacques Brel o Charles Aznavour, modelos a los que Serrat se acogerá en diversos momentos de su obra. Lo narrativo de algunos de estos modelos no implica que cuando hablamos de canción narrativa en Serrat debamos acudir siempre a la lírica fuertemente emotiva y fuertemente expresiva de Quintero, León y Quiroga y otros sobresalientes autores de coplas.

Albert Mallofré subrayaba en La Vanguardia el 9 de mayo de 1970 todas las virtudes que hacían de Serrat 4 un disco clave en la evolución del cantante. En lo musical los arreglos de Miralles y la guitarra del entonces indispensable Gabriel Rosales llenaban de matices piezas como la descriptiva “Els veremadors”, la diáfana “Adéu, adéu amor meu i sort”, la feminista “Mare lola” o “Temps de pluja”, su balada de otoño catalana que suponía el reverso de la alegre proclamación primaveral de “20 de març” o de la lírica salutación marinera de “Bon dia”. Mallofré valoraba el último Serrat a unos niveles muy superiores al anterior tanto a nivel poético como de estructura musical y técnica vocal. Terminaba quejándose en su reseña de aquellos que criticaban con escaso criterio y perspectiva todo disco nuevo de Serrat comparando las nuevas canciones con las antiguas y señalando las diferencias de calidad que hallaban entre aquel Serrat y el actual. Al cantautor catalán le empezaría a afectar esta visión nostálgica de su obra que no era capaz de valorar el avance que suponía un trabajo de la categoría de Serrat 4 que hoy podemos valorar como una de sus discos de referencia.

La misma maestría que revelaba Serrat 4 podía percibirse en el denominado disco blanco que el cantautor catalán graba y edita en este fructífero 1970. A nivel de escritura de canciones y de riqueza melódica el disco blanco supone un avance importante en la obra castellana de Serrat y preludia la grandeza formal y de contenidos de un disco como Mediterráneo. “Mi niñez”, “Fiesta”, “De cartón piedra”, “Señora”, “Cuando me vaya “ o “Los debutantes” se convertirán en clásicos de la poética serratiana tanto en lo que se refiere a sus registros más íntimos y autobiográficos como en lo que concernía a sus canciones de mayor agudeza social como la citada “Fiesta” o “Muchacha típica”.

La dupla Serrat- Miralles se romperá momentáneamente en 1971. Ese mismo año aún los encontramos juntos en una serie de recitales en el Coliseum de Barcelona. Las críticas de la época de aquellos recitales aludían a la perfecta compenetración de ambos en el escenario. Parecía imposible entender a Serrat sin Miralles pero el primer distanciamiento de ambos llegaría curiosamente el año en que Serrat culmina una de sus obras magnas: el elepé Mediterráneo. Se trata de un disco de construcción pausada en un contexto en el que el cantautor catalán se tomó un necesario respiro en sus presentaciones de cara al público. Los últimos años habían resultado agotadores y Serrat necesitaba reflexionar sobre su actual momento creativo. Lo demás ya es parte de la historia porque Mediterráneo se convertirá en un disco de incontestable éxito y que por sí solo justifica la estatura de Serrat como cantautor. Sus diez canciones sintetizan las claves serratianas, su capacidad como contador de historias, como melodista, como poeta de lo cotidiano capaz de universalizar sus vivencias. Mediterráneo nos lleva al mar de Calella de Palafruguell bajo cuyo amparo nacieron algunas de sus canciones, nos lleva al mar de la infancia recobrada de “Barquito de papel” o a ese mar en el que el cantor guarda amor, juegos y penas tal como canta en la canción que da nombre al disco, una canción de una perfección poco común en donde todos los elementos se integran a la perfección, desde la estructura rítmica del arreglo de Juan Carlos Calderón hasta esa irresistible suma de vitalidad y melancolía que late en el texto y en la música de Serrat.

El álbum Mediterráneo contiene canciones antológicas como “Lucía”, “Aquellas pequeñas cosas” “La mujer que yo quiero” “Tío Alberto” o “Pueblo blanco”. Cualquier revisión que podamos hacer del disco constata su vigencia, la fuerza que sigue poseyendo, el estado de gracia de aquel Serrat que no había cumplido aún treinta años y logra sentar cátedra con un trabajo que aúna intimismo, poesía, intensidad descriptiva y sensibilidad mediterránea con una influencia musical indudable de sus primeras giras por el continente americano.

Entre la primavera de 1969 y las postrimerías de 1971 el cantautor catalán se ha situado en primer lugar entre los cantautores del momento. Compite con Raphael como artista de fans tal como puede comprobarse al repasar algunos ejemplares de la revista Mundo Joven de la época y sus encuestas de popularidad. Al tiempo todo artista que emerge cita a Serrat como modelo artístico. Sucede así con Cecilia o con Mari Trini o con Víctor Manuel que despunta a principios de los años 70 y al que algunos comparan con cierto apresuramiento con Serrat [4].

Serrat clausura el año y recibe 1972 con una serie de recitales en el Teatro Victoria de Barcelona. Ahora dirige el grupo musical que le acompaña Francesc Burrull que vestirá su siguiente elepé dedicado a Miguel Hernández. Aquellos recitales barceloneses tienen la particularidad de incluir una parte en la que Serrat versiona canciones del folclore sudamericano con vistas a un doble álbum que jamás será publicado pero que sí consta que fue grabado. Para Serrat cantarle a Yupanqui o a la malograda Violeta Parra podía ser tan personal como desgranar el elepé Mediterráneo. Todo formaba parte de su universo y le ayudaba a explicarse.

El franquismo agonizaba y Serrat siguió haciendo camino. Su obra seguirá creciendo sin apenas silencios discográficos reseñables. La abrumadora calidad de sus comienzos proseguiría en los años 70 con la grabación de Miguel Hernández (1972), Per al meu amic (1973), Canción infantil (1974) y Para piel de manzana (1975). La grabación de este álbum precede a los once meses de exilio que sufre el cantautor y que fueron causados por su condena a la pena de muerte que aún seguía cursándose en España.

Con los nuevos vientos de la transición y de la democracia llega su homenaje al ácrata Salvat Papasseit en Res no es mesquí (1977) al que seguirán 1978, Tal com raja (1980), En tránsito (1981), Cada loco con su tema (1983) y Fa vint anys que tinc vint a nys (1984). No volverá a grabar en catalán hasta 1989 con Material sensible que llegó después de El sur también existe (1985) y de Bienaventurados (1987). Con Utopía (1992) comenzarán los años 90 en los que Serrat graba más espaciadamente firmando en esa década tres discos más: Nadie es perfecto (1994), el conmemorativo Banda sonora d’ un temps d’ un pais (1996) y Sombras de la china (1998). En 2000 llega Cansiones y en 2002 Versos en la boca y un año después el despliegue excesivo de Serrat Sinfónico.

La grabación de Mô (2006) recuperaba las huellas de la lengua paterna y con ello ciertas esencias líricas de Serrat que se habían perdido y que renacían en las alas de una serie de canciones recogidas en lo íntimo y muy inspiradas. Tres años más tarde llegará Hijo de la luz y de la sombra, segundo homenaje hernandiano de Serrat que mostraban a un creador vivo, exigente, riguroso, que no detenía el paso a pesar de los contratiempos de salud, a pesar de las condecoraciones y de los homenajes y que esbozaba una amplia sonrisa de modestía cuando se le recordaba que era un mito viviente en España y América y el responsable indiscutible de algunas de las mejores canciones que se habían realizado en la pasada centuria. Serrat sabe que la posteridad le aguarda, que sus discos seguirán sonando y sumando oyentes sensibles cuando ya no esté, cuando la muerte pise su huerto, pero seguramente entonces coincidiría con Groucho Marx en no preocuparse por eso que llaman posteridad porque la pregunta pertinente sería al fin y al cabo: ¿Qué es lo que ha hecho la posteridad por mí…?

[1] Declaraciones de Joan Manuel Serrat al semanario catalán Tele/Estel y recogidas en el libro Cataluña Hoy de José Carlos Clemente, Edición Magisterio Español, 1970, pág. 116.

[2] Completa este EP “Les sabates”, adaptación de Delfí Abella de un tema original de Guy Béart titulado “Les souliers”.

[3] Jordi García Soler, Machado, Espriu y Serrat. La Vanguardia, Jueves 25 de septiembre de 1969.

[4] La revista Mundo Joven citaría en su número 78 (14 de marzo de 1970) a Víctor Manuel y a Serrat en el que sería su primer encuentro oficial.

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