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Pere Mas i Pascual
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En Orihuela, una tarde de marzo

Vie Mar 30, 2007 7:55 pm

En Orihuela, una tarde de marzo

AMADO DEL PINO, Especial para Granma

España.— Ando por España y esta vez no hablaré de teatro. De todas formas, los fieles lectores de Acotaciones deben saber que el arte de las tablas sirve de impulso y acicate a una investigación sobre la vida de Miguel Hernández y sus relaciones con nuestro Pablo de la Torriente Brau. Pues bien, en Orihuela, el pueblo natal del autor de El rayo que no cesa, pude asistir a un concierto de Joan Manuel Serrat. El gran artista catalán está iniciando una gira bajo el título de 100 x 100 en la que apela a la sobriedad, enfatizando la intimidad de su propuesta, haciendo más cercanas aún esas canciones inteligentes que nos han ayudado a vivir y a pensar durante las últimas cuatro décadas de nuestras vidas. Ahora sólo lo acompaña sobre el escenario su pianista y mago de los arreglos de siempre: Ricard Miralles.

El Teatro Circo de Orihuela es una instalación peculiar y hermosa. En las columnas que ascienden hacia los palcos pueden leerse los apellidos de varios grandes de la escena española. Por supuesto que ahí está el nombre de su Miguel, que —aunque no alcanzó en la dramaturgia la grandeza de su poesía— escribió varias interesantes obras dramáticas, actuó en los días de su primera juventud y puso muchas ideas e ilusiones en las posibilidades de la escena. A pesar de que esta vez Serrat no se centró en sus grandes éxitos a partir de los poemas hernandianos, la función estuvo dedicada al poeta y —más allá de las proclamaciones oficiales y obvias— el espíritu del concierto; su sinceridad y desenfado tenían mucho que ver con buena parte de la obra del inmortal escritor.

Los cubanos hemos disfrutado varias veces —desde la arrancada de los setenta para acá— del talento y el carisma de Joan Manuel Serrat. Esta vez sus comentarios volvieron a brillar por la agudeza. Todos nos reímos cuando contó que asistir a una función de ópera en la que la cantante principal de La Boheme, gorda y rozagante, lograba que el público asumiera escénicamente su muerte por tuberculosis en el último acto, le convenció de seguir interpretando Señora, aunque ya él no tenga edad para protagonizar ese reclamo juvenil, que en nuestra Isla muchos aprendimos de memoria. También resultó brillante la sutil, pero firme demanda de igualdad de oportunidades para la mujer que desembocó en una de sus más recientes canciones, esa en la que se pregunta qué hubiese sido de su vida de haber nacido hembra y nombrarse Juana.

No me atrevo a juzgar musicalmente las casi dos horas de comunicación, aplausos y melancolía. Entre los que caminamos complacidos a la salida del teatro —a unos metros de la casa donde creció y creó el poeta— había concordancia en que Serrat ha sabido adecuar muy bien sus temas clásicos y sus nuevas creaciones a un formato más sobrio.

Gracias a la amabilidad de Juan José Sánchez y los demás colegas de la Fun-dación Miguel Hernández, pudimos entrar al concierto una media hora antes que el resto del público. Al final del ensayo técnico, Serrat se sentó un momento en la platea vacía. Como el más común y apasionado de los fanáticos, hice lo que nunca antes tuve valor de intentar. El hombre que me adentró —¡como a tantos de mi edad!— en la obra de Miguel Hernández y de Antonio Machado, aceptó el saludo y mi librito de crónicas donde lo menciono. Besó a Tania que, tan temblorosa como yo, tomaba un par de fotos, y su rostro se iluminó especialmente cuando le dije una verdad clara como una mañanita de verano: "¡En Cuba te queremos!"

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